El encuentro. Capítulo 2 de La Luz de sus vidas

Feliz sábado, mis protegid@s.


Quiero dar las gracias a las lectoras que me comentaron su opinión sobre el primer capítulo de la historia. Me alegro muchísimo de que os haya gustado y picado la curiosidad por lo que le pasará a Luz. Poco a poco lo descubriréis.


Os dejo con un nuevo capítulo y deseo que os guste. No olvidéis comentar ;)


Capítulo 2

El encuentro


Luz llegó puntual como un reloj a la cita con Óscar y sus hijos. Atravesó con paso firme el camino que daba acceso a la casa, fijándose en el césped recién cortado y el turismo familiar aparcado frente a la cochera. Antes de tocar el timbre de la puerta, alzó la vista para contemplar la bonita fachada de la casa adosada. Situada en uno de los mejores barrios residenciales de la ciudad, no cabía duda de que la familia no tenía ningún problema económico. Se atusó el pelo, colocó bien su ropa y dirigió su dedo hacia el timbre. Escuchó un pequeño revuelo que provenía del interior de la casa, que le hizo esbozar una sonrisa al imaginarse la escena en la que un pequeño de tres años corriendo y ansioso por conocer a su nueva niñera, arrastraba a su hermana mayor hacia la entrada para abrir la puerta.

En el interior, Óscar reprendía a sus hijos por no estar listos a la hora acordada.


—¿Por qué no puede ser la abuela nuestra niñera? —preguntó una vez más la hija mayor.


Desde que su padre le dio la noticia de la entrevista, estaba enfadada. Su plan no salió como ella esperaba; el tinte rosa con el que rellenó el gel de la última niñera no había disuadido a su padre de contratar a más incautas.


—Ya te lo he explicado mil veces, Sara. No pienso volver a repetirlo. No lo será y punto —repuso su padre malhumorado.


La niña se cruzó de brazos y lo miró con odio. El pequeño, que peleaba con Óscar porque no quería ponerse los pantalones, que acababa de quitarse, imitó a su hermana y cruzó también sus pequeños brazos. Por lo general, Ángel, se portaba bien, pero admiraba tanto a su hermana mayor que la imitaba en todo, incluyendo sus actos de rebeldía; actos que ocurrían cada vez con más frecuencia, se acercaba a la adolescencia y cada vez era más difícil hablar con ella.


—Portaos bien porque si hacéis que la nueva niñera se marche, os meteré de cabeza en un internado, ¡entendido! —les amenazó con un dedo.


En ese instante, los niños cambiaron su cara de enfado por una llena de pánico al pensar que su padre fuese capaz de hacer algo así; eso les hacía temblar de miedo. Óscar los miró de forma amenazante antes de abrir la puerta, cosa que hizo que los niños corriesen hacia el salón para esperar a la nueva niñera.


—¡Buenas tardes! —saludó Luz de manera jovial al abrirse la puerta.


Se arrepintió en el mismo instante en que se cruzó con la mirada severa de su futuro jefe.


—Buenas tardes —la recibió con sequedad.


Se apartó e indicó con un gesto de cabeza a Luz que pasara, meditando en su interior si había tomado la mejor decisión al dejar que esa mujer cuidase de sus rebeldes hijos.

Al entrar, Luz se encontró con una casa decorada con estilo sobrio, demasiado para su gusto, teniendo en cuenta que allí habitaban niños.


—Por aquí.


Óscar le indicó con la mano que caminara delante de él.

Luz caminó con paso titubeante mientras recorría con sus curiosos ojos castaños todo lo que encontraba a su paso. Al llegar al salón, se encontró con dos niños que la observaban con cierto recelo.


—Luz, estos son Sara y Ángel —dijo Óscar colocándose detrás de ellos.

—¡Hola! —saludó Luz con una amplia sonrisa.


Se acercó a ellos dispuesta a darles un par de besos, pero al ver la cara de Sara, solo se limitó a tenderles la mano. Los niños la saludaron después de que su padre les diese un toque en el hombro a cada uno.


—Hola —espetó Sara.


El pequeño imitó a su hermana de nuevo y Luz les estrechó la mano confirmando lo que ya sospechaba, no se lo iban a poner fácil. Cuando el señor Belmonte le anunció que el puesto era suyo, llamó a su amiga Natalia, que trabajaba como telefonista en la agencia de niñeras de la ciudad. Esta le explicó que todas las chicas que trabajaron allí habían acabado hartas de esos «niños del demonio» y de su autoritario padre. Luz le restó importancia alegando que habría algún motivo de peso para que se comportaran de aquella manera. Y en ese momento se lo estaban demostrando.


—Niños, vamos a enseñarle a Luz la casa —ordenó el padre, cuya respuesta por parte de los niños fue un resoplo de fastidio.


El hombre empujó a sus hijos mientras la nueva niñera iba detrás de ellos tomando nota de todo en su mente.


Fueron pasando de habitación en habitación y Luz estaba cada vez más asombrada con esta peculiar familia. La habitación del pequeño no parecía de un niño de tres años, apenas estaba decorada y el único muñeco de peluche que tenía era un osito pequeño en la cama, nada más y eso la entristeció; pero lo que más le llamó la atención fue la habitación de Sara, las paredes no estaban empapeladas de cantantes de pop, ni de posters de alguna película o serie de televisión, solo de diplomas y certificados de estudios.


—Esta es mi habitación y nadie puede entrar, a no ser que yo le dé mi permiso, ¿entendido? —espetó el hombre.


Luz asintió en silencio y con una leve sonrisa. «¡Qué severidad!», pensó.


—Y este sería tu dormitorio —dijo Óscar al llegar a la última habitación del pasillo—. Aquí tienes un intercomunicador. —Señaló una especie de altavoz incrustado en la pared—. Por si hay alguna emergencia por las noches.


Luz observó la pequeña habitación. Tenía una cama, una mesita de noche y un pequeño armario para colocar su ropa. Además contaba con un pequeño baño con ducha. Todo de un blanco impoluto, neutro. En su mente imaginaba ya cómo iba a decorar la estancia. Si iba a vivir allí, tenía que sentirla como suya.


—Perfecto —dijo entusiasmada.

—De acuerdo, vayamos a mi despacho para ultimar los detalles. Sara, esperadme en vuestras habitaciones —ordenó a su hija.


Ya a solas en el despacho, Óscar le habló del sueldo y las tareas a realizar. Ella se iba a encargar de llevar y recoger a los niños del colegio, de supervisar que acabaran sus tareas e incluso, ayudarles con ellas, de su alimentación y de cuidarles si se pusieran enfermos. También se encargaría de llevarles a sus actividades extraescolares: piano los lunes, piscina los martes, los miércoles a inglés y los jueves equitación, los viernes no tendría que preocuparse porque era el día que le había concedido libre a la niñera.


En casa no tendría que hacer nada más porque ya tenían empleados para ello. Una mujer iba tres veces en semana para limpiar, poner lavadoras y planchar; también tenían un jardinero que arreglaba los jardines y plantas que había delante y detrás de la casa. La comida, la pedían a una empresa de catering, que se encargaba de traerla todos los días por la mañana.

Luz estaba atónita por la vida tan cuadriculada que llevaba esa familia. Se preocupó al instante por esos niños, tan ocupados que no les dejaba un minuto para jugar o aburrirse. Todas sus actividades extraescolares se hacían en el centro de la ciudad y tardaban bastante en llegar desde su casa. Desde luego que ella no iba a aburrirse tampoco si tenía que llevar una agenda tan ajustada.


—Aquí tienes un horario que he confeccionado para ti. —Le acercó un papel impreso—. Es muy importante que no lleguen tarde y, aunque te supliquen que no les lleves, alegando estar enfermos, no les hagas caso. Tienen que cumplir sus responsabilidades —dijo autoritario.


Luz asintió en silencio.

«Pobres niños», pensó apenada. Sabía que Óscar parecía un padre autoritario, pero no creía que llegara hasta el punto de obligarles a todas esas cosas y sin rechistar. ¿Qué tenía que decir de todo esto la madre? Que, ahora que lo pensaba, ¿dónde se encontraba?


—¿Cuándo voy a conocer a su mujer? —preguntó sonriente.


Óscar hizo una leve mueca que Luz no supo interpretar.


—De ese tema le quería hablar también —dijo mirándose las manos que reposaban en la mesa de caoba—. Hace casi tres años que falleció.


—¡Vaya! Lo siento, ¿de qué falleció?


Óscar fijó sus ojos en los de Luz al oír la pregunta.


—No… no hace falta que me responda… —titubeó al ver un inmenso dolor en su mirada.

—Murió a los pocos días de dar a luz a Ángel, debido a una hemorragia interna.

—Lo siento.

—Es muy importante que no les hable de ella, bajo ningún concepto, a mis hijos. Es un tema muy delicado y ellos no lo han superado todavía.


Luz pensó que eso era un enorme error, pero prefirió guardarse para ella su opinión. No quería comenzar con mal pie con su nuevo jefe. Además, no parecía un hombre que aceptara con facilidad otras opiniones.

«Ha tenido que ser muy duro afrontar todo esto solo».


—No se preocupe. ¿Hay algo más que debería de saber?


Óscar suspiró, meditando si confesarle el motivo de la huida de todas las niñeras. La observó durante unos segundos en los que sintió que debía sincerarse ante aquella mujer tan optimista y risueña. Se apoyó sobre la mesa y decidió contarle la verdad.


—Mis hijos no se lo van a poner fácil, no quieren tener niñera y van a hacer lo que sea para volverla loca y que se marche lo antes posible. Y cuando digo lo que sea, es lo que sea —añadió preocupado—. Medítelo bien, si cree que no podrá aguantar las bromas pesadas que le puedan hacer o cualquier rabieta que finjan, no le culparé si no quiere el trabajo.


Luz amplió su sonrisa ante la confesión del padre de esos dos granujillas.


—No se preocupe, señor Belmonte, es muy difícil hacerme enfadar —respondió Luz levantándose y tendiéndole la mano a modo de despedida—. ¿Cuándo empiezo?

—Llámeme Óscar, por favor. Mañana les llevaré yo al colegio, así podrá instalarse con tranquilidad hasta la hora de recogerles. La acompaño —le indicó siguiéndola hasta la salida.


Una vez en la puerta, Luz se despidió de su jefe una vez más, agradeciéndole su confianza para el cuidado de sus hijos.


—Buena suerte.


«La va a necesitar», pensó Óscar al cerrar la puerta. Luz parecía una buena chica y no quería que sus hijos hicieran una de las suyas con ella, por lo que subió las escaleras dispuesto a advertirles, una vez más, que si la espantaban, estudiaría la idea de meterlos en un internado.

Luz llegó a casa entusiasmada por el nuevo reto que tenía por delante, era consciente de que iba a ser muy difícil que Óscar y su familia le dejaran entrar en su vida, pero eso no la iba a frenar en su empeño, de ninguna de las maneras. Necesitaban volver a ser felices y ella les iba a ayudar.

Con la mente puesta en aquella familia, tomó una ducha relajante, se enfrascó en su pijama de caritas sonrientes y se recostó en su cómodo sofá para llamar de nuevo a su padre.


—Papá, estoy emocionada con el nuevo trabajo… es una familia un tanto peculiar, pero creo que necesitan darse un respiro para vivir… mañana me instalo con ellos en su casa. Buenas noches, te quiero.


Cuando colgó el teléfono, se puso en pie de un salto y, tarareando una de sus canciones favoritas, se dispuso a preparar lo imprescindible para trasladarse al que sería su nuevo hogar durante mucho tiempo o eso es lo que iba a intentar.

Recordad que abajo podéis comentar qué os ha parecido el capítulo ;)


Capítulo registrado en Safe Creative: ©Todos los derechos reservados 1702110708775

Créditos: vídeos sacados de Youtube, los derechos de las canciones pertenecen a sus creadores.

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