La luz de sus vidas

Buenas tardes, mis querid@s protegid@s.

Nueva entrada en el blog y con ella os traigo algo que os anuncié durante esta semana por el caralibro. La luz de sus vidas, una historia sobre nuevas oportunidades, familia, amistad y amor que creo que os llegará al corazón, además de subiros la temperatura en alguna que otra ocasión.


Hay varias personas que me han preguntado por qué quiero volver a publicar en el blog y gratuitamente. Hay una respuesta obvia, pero desde aquí les voy a exponer mi principal motivo: agradecimiento. Ni más ni menos. Es un detalle que quería tener con mis lectores y para darles algo mientras termino una de las dos novelas que estoy escribiendo con calma. Llevo más de un año sin publicar nada (excepto relatos en antologías) y tenía ya el gusanillo de sacar una de las historias que tengo en el cajón.


Y como lo prometido es deuda, aquí os dejo con la sinopsis y el primer capítulo de la historia. Espero que os guste.





LA LUZ DE SUS VIDAS

Sinopsis




Óscar tiene un problema. No, Óscar tiene dos problemas llamados Ángel y Sara. Cuatro niñeras han pasado por su casa en el último año y ninguna aguanta más de un mes en ella; y todo gracias a sus hijos de tres y doce años. Óscar está desesperado por encontrar a una persona que discipline a esos dos malcriados y caprichosos niños, mientras él se dedica por completo a su trabajo.

Cuando va de camino a la sede del periódico local para poner un anuncio que le permita encontrar a alguien dispuesto a lidiar con sus hijos, no imagina que se encontrará con Luz, una mujer atractiva, dulce, alegre y risueña, que estará dispuesta a ayudarle.

Lo que Óscar no sabe es que Luz le ayudará en más de un sentido, a pesar de no gustarle sus peculiares gustos musicales y su forma de tratar a los niños.

¿Conseguirá aceptar sus métodos educativos? Y lo más importante, ¿conseguirá abrir su corazón de nuevo?



Capítulo 1

La entrevista


Se revolvió inquieta en la cama.


—¿Por qué tienes que irte, mami?

—Cariño, dentro de poco nos volveremos a ver; pero ahora tengo que irme a un sitio…

—¡No! ¡Mami!

—Nunca olvides que te quiero…

—¡Mami!


Despertó con la respiración agitada y la cara empapada en sudor. Luz pasó sus manos por el rostro en un intento de tranquilizarse. Hacía mucho tiempo que no tenía esa pesadilla. Mucho. ¿Por qué ahora?

Su mirada, perdida en el espejo situado frente a su cama, reflejaba la imagen de una niña de cuatro años aferrada a la pierna de su madre para impedir que se marchara de su lado. De nada sirvieron aquellas súplicas, los llantos, los gritos... Se marchó para siempre.

El sonido del despertador interrumpió su recuerdo. Con la melodía de Footloose de Kenny Loggins, saltó de la cama para vestirse, bailando al ritmo de la música. En aquel instante se olvidó de la horrible pesadilla y esbozó una gran sonrisa. Estaba convencida de que le esperaba un gran día y no lo iba a desaprovechar pensando en cosas tristes. No. Ella no era así.



Salió de su casa bien temprano con los cascos de color púrpura sobre la cabeza, accionó el play de su reproductor mp3 y la melodía de Never Can Say Goodbay, versionada por The Communards, inundó sus oídos. Sin duda era la canción perfecta para llenarse de energía en un día soleado del mes de abril. No podía vivir sin música. No había actividad que hiciese sin escuchar sus canciones preferidas de la década de los ochenta, por supuesto. Sonriendo y tarareando, caminó con paso decidido hasta la parada de autobús más cercana. Mientras avanzaba al ritmo de la música, iba saludando a todo el que se encontraba a su paso.

Luz era conocida en el barrio, gracias a su simpatía y alegría. Nunca nadie la había visto triste, ni una sola vez; ni siquiera cuando sucedió la gran tragedia que sumió a su familia en una profunda tristeza. Ella era distinta, siempre tenía una palabra amable y una gran sonrisa para todo el mundo. Eso se lo había enseñado su padre desde bien pequeña.

Montó en el autobús que la llevaría hasta la sede del periódico local, estaba segura de que ese día encontraría su próximo trabajo. Un trabajo que la llenaría de satisfacciones y alegrías. Aunque eso era lo que pensaba de todos los empleos que había tenido hasta ahora. A Luz no le importaba la clase de trabajo a realizar, solo le importaba hacer más fácil la vida de las personas que la rodeaban.


—Buenos días, Leticia —saludó con alegría a la recepcionista al entrar por la puerta de la sede.

—¡Luz! ¿Qué tal estás?

—Muy bien, ¿hay algo nuevo?

—No, lo siento —se lamentó Leticia—. Pero aún es temprano, seguro que entra algo interesante.

—Entonces me quedo un ratito por aquí, si no te importa —agregó Luz cogiendo un ejemplar del periódico del día anterior.

—Ya sabes que no.

Leticia sonrió, le asombraba la perseverancia de la chica. Desde que perdió su último trabajo, hacía ya un mes, no faltaba un día en la sede por si surgía algún empleo; y lo mejor era que le daba igual la clase de empleo fuese, a todos les sacaba el lado positivo.


«No puedo creer que tenga que hacer esto», se dijo Óscar mientras entraba por la puerta de la sede del periódico local. Avergonzado por lo que le habían obligado hacer, entró en el local.

—Buenos días —saludó con sequedad.

—Buenos días, señor. ¿En qué le puedo ayudar? —preguntó con amabilidad Leticia.

—Vengo a pedir presupuesto para un anuncio de empleo.

Le tendió un papel en el que estaba escrito, con una caligrafía clásica, todo lo que quería que pusieran en el anuncio y esperó a que la recepcionista le diese presupuesto por él.

«Cuatro en lo que va de año», resopló en su interior. Desde la agencia ya no le enviaban más niñeras, por lo que no tuvo más remedio que buscarse otras vías para poder encontrar una que pudiese soportar el trabajo. Mientras se lamentaba en silencio, un movimiento le distrajo. Una mujer de mediana estatura, pelo castaño, largo y rizado se encontraba frente al panel de corcho que había en una de las paredes de la recepción. Estaba tan concentrada leyendo que Óscar aprovechó para observarla con detenimiento. La mujer se mecía con suavidad y movía los labios. Bailaba al ritmo de una melodía, sus cascos púrpuras la delataron. Se fijó en su perfil: ojos grandes y castaños, nariz respingona y unos labios carnosos que se intuían dulces y apetecibles…

«¡Óscar! Has venido a poner el anuncio, no a ligar», se reprendió a sí mismo, girando su cuerpo hacia el mostrador. Un ligero rubor encendió sus mejillas. ¿Cómo podía ser tan descarado? ¡Y con una desconocida!


Luz esbozó una sonrisa. Aquél atractivo hombre se la había comido con los ojos desde el mostrador, pero algo le hizo volverse con brusquedad. Era como si sintiera culpabilidad por haberla mirado así. Bajó el volumen de la música para saber más de su presencia en el periódico.

—Entonces, necesita una niñera —confirmó Leticia a sabiendas de que Luz estaba pendiente de la conversación.

Luz entendió en ese instante por qué Óscar se había sentido avergonzado al haberla mirado con descaro. Estaba casado.

—Sí, señorita —afirmó Óscar.

—Interna, con un día de descanso a la semana —agregó la recepcionista.

—Sí —respondió escuetamente.

—Sería para cuidar a dos niños de tres y doce años…


Óscar frunció el ceño, ¿por qué repetía todo lo que ponía en el papel?


—Señorita —le interrumpió con brusquedad—. ¿Me va a dar el presupuesto o va a repetir línea por línea el anuncio? No tengo todo el día.


Leticia dio un respingo en su silla al escuchar la reprimenda.


—Sí, claro. Ahora mismo.


Mientras la recepcionista tecleaba algo en el ordenador, Luz se acercó sin hacer ruido hacia el mostrador. Observó al hombre durante unos instantes. Parecía un ejecutivo por cómo iba vestido: pantalones negros de pinzas y una camisa blanca que se ajustaba a la perfección a un torso que se intuía trabajado en el gimnasio. Paseó la mirada por su rostro de facciones duras y muy varoniles con unos labios perfilados y carnosos que la hicieron suspirar en silencio. Acabó su rápido escáner en los ojos, que llamaron su atención, de color miel, pero que reflejaban una inmensa tristeza.


«Decidido, yo seré su niñera», pensó mientras se acercaba más a él en silencio.


Óscar, al sentirse observado, giró la cabeza con una ceja enarcada. Estaba dispuesto a despachar enseguida a quien fuese, pero al ver que se trataba de la mujer del tablero de corcho, se quedó mudo.


—Perdone la intromisión —se disculpó Luz intuyendo el enfado de aquél malhumorado hombre—. No he podido evitar escuchar que necesita una niñera para sus dos hijos.

—Así es —aclaró Óscar cambiando su tono por uno más amable.


No supo por qué, pero no quería ser grosero con ella.


—Estoy buscando empleo y me interesaría el puesto —le informó Luz con una gran sonrisa.


Deslumbrado por la luz que irradiaba esa sonrisa, Óscar le explicó, con dificultad y un nerviosismo poco propios en él, qué era lo que necesitaba de la futura empleada.


—Perfecto, si necesita referencias le facilitaré el número de teléfono de los padres de algunos niños que cuidé anteriormente —dijo Luz—. Se los anoto en mi currículum.


Abrió la mochila que colgaba de sus hombros hacía unos segundos y le tendió una hoja de papel en la que escribió varios datos.


—Gracias, la llamaré durante el día de hoy para confirmarle si es suyo el puesto.

—Gracias a usted.


Se despidió de él y de Leticia con un movimiento de mano y, sin dejar de sonreír, desapareció por la puerta. Óscar se quedó durante unos segundos mirando hacia la salida, sorprendido por lo que acababa de ocurrir. Se sintió confuso. Hacía tiempo que una mujer no le ponía tan nervioso.


—Señor —carraspeó Leticia—. ¿Qué pasa con el anuncio?

—Rómpalo, hoy no lo pondré —respondió sin mirarla.


Cuando volvió en sí, salió de allí con rapidez, llegaba tarde a la oficina y eso le puso de peor humor, estado en el que se encontraba con demasiada frecuencia desde hacía casi tres años.


A media mañana, Óscar hizo una pausa en el trabajo para tomar un café bien cargado. Ser auditor de cuentas le permitía mantener a su familia y vivir bien, pero no le hacía feliz. Siendo el mejor de su empresa no debía de ser así, ya se encargaba su jefe de recordárselo; hecho que hacía que sus compañeros le tuvieran cierta envidia. Él no le daba importancia, solo quería trabajar para distraerse. No le gustaba la competición. El único objetivo que perseguía era el no pensar, solo ansiaba que los días pasaran lo más rápido posible; por eso era el primero en llegar y el último en irse de la oficina, para poder llegar a casa agotado y caer rendido en la cama, así el dolor y el recuerdo no le alcanzaban.


—Buenos días —una voz femenina interrumpió sus pensamientos.

—Buenos días, Pilar —respondió de forma autómata.


Cuando ella se acercó, él dio media vuelta y salió disparado hacia su despacho. Eso le dolió, una vez más. Resignada por la actitud del hombre, recogió su café y volvió a su puesto de trabajo. Aún tenía el recuerdo de sus manos y sus labios recorriendo su cuello en la última cena de empresa en navidad. Los dos habían bebido bastante y, no recordaba cómo, acabaron en la terraza del restaurante besándose. Todo apuntaba a que esa noche iba a terminar bien, pero cuando Pilar le insinuó la idea de ir discretamente a su casa para tomar la última copa más tranquilos, él se puso nervioso y la rechazó entre tartamudeos y pobres excusas. Desde entonces, Óscar la evitaba a toda costa. En el fondo entendía su actitud, pero se sentía humillada. No habían hecho nada malo.

Óscar se encerró de nuevo en el despacho. Suspiró para tranquilizarse. Sabía que cualquier día tendría que darle explicaciones a esa mujer, pero no sabía cómo. La había humillado, pero no lo hizo adrede. Se acercó a la ventana para mirar hacia el infinito.


«Ojalá estuvieses aquí», pensó triste.


Apretó los ojos con fuerza para esfumar los recuerdos que se iban formando en su mente y giró su cuerpo hacia el escritorio para volver a centrarse en lo que le hacía olvidar. Comenzó a repasar mentalmente la auditoría en la que estaba inmerso y bebió un sorbo de café. Mientras bebía del vaso de plástico, ya más calmado, su mirada se dirigió hasta el papel que descansaba en una esquina de su caos de escritorio. Lo agarró y posó sus ojos en la foto de aquella sonriente mujer. Comenzó a leer:


«Luz Del Valle… 34 años… soltera…».


Tenía bastante experiencia con el cuidado de niños y ancianos, además de haber sido camarera, dependienta, teleoperadora y diversos trabajos que apenas tenían que ver el uno con el otro. Eso le extrañó a Óscar. Luz no tenía oficio en concreto. Revisó su formación académica, sorprendiéndose al ver que se especializó en danza. Recordó su indumentaria: pantalones vaqueros anchos, camiseta de manga corta blanca con una clave de sol dibujada en ella y una mochila un tanto gastada colgada de sus hombros; no tenía pinta de ser bailarina, al menos no como se las imaginaba él, caminar recto y elegante e indumentaria que entreviese su profesión.


«¿Qué la llevaría a trabajar de todo, menos de lo que estudió?», se preguntó mientras buscaba los teléfonos de referencia.


—Gracias, señor Martínez. Ha sido muy amable al atenderme.


Colgó el teléfono, se recostó en el asiento y leyó el currículum de nuevo. No estaba del todo convencido, pero con las referencias que le habían dado sus anteriores jefes y la urgencia de una niñera, eran motivos suficientes para él, además, no podía estar dependiendo de su madre para que cuidase de sus hijos. Ella tenía otras ocupaciones y los malcriaba sobremanera. Decidido, marcó el número de Luz.


—¿Diga? —respondió al segundo tono con voz alegre.

—¿Señorita Luz Del Valle?

—Sí, soy yo.

—Soy Óscar Belmonte, nos conocimos esta mañana en el periódico…

—¡El puesto de niñera! —exclamó interrumpiéndolo—. ¡Perdón! Me he adelantado, prosiga —carraspeó avergonzada.


En ese instante se sintió una estúpida al reaccionar de esa manera, pero se le pasó al escuchar una leve carcajada a través del teléfono.


—Sí, pero no se preocupe. ¿Le viene bien quedar esta tarde sobre las siete?


Luz se contuvo para no gritar de alegría.


—Por supuesto, dígame la dirección y allí estaré —agregó con serenidad.

—Antes de eso, le tengo que advertir que mis hijos querrán dar el visto bueno antes de contratarla, ¿tendría algún problema con ello?

—Ninguno, estoy segura de que me aceptarán —afirmó convencida.


Óscar se maravilló de lo optimista que era esa chica, pero no conocía a sus hijos, sobre todo a la mayor. Prefirió no revelarle las razones por las que las otras niñeras dejaron el puesto, no quería espantarla antes de tiempo y le indicó la dirección de su casa.


—¡Bien! —gritó Luz al colgar el teléfono.


Sin demora, marcó un número en su móvil.


—Hola, ¿papá? —Esperó unos segundos para continuar—. Me han llamado de un empleo… sí, es un puesto de niñera... seré interna, pero no te preocupes, nos veremos cuando tenga un descanso… yo también te quiero. Adiós.


Feliz y pletórica, accionó el play del reproductor de música de su ordenador y comenzó a bailar al son de Freedom! ‘90 de George Michael.


Capítulo registrado en Safe Creative: ©Todos los derechos reservados 1702030534232

Créditos: vídeos sacados de Youtube, los derechos de las canciones pertenecen a sus creadores.

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